viernes, 10 de noviembre de 2017

Once de noviembre

Línea de tiempo
desarrollada
en meandros rebeldes
trayectoria insensata
¿Ecuador o principio?
La vista no abarca.

Alma de otoño
alejada sin miedo
de la sed del verano,
de helarse en invierno.
¿Quién quiere primavera
estridente, sin freno?

Se sueltan las hojas
que no traen aire ni alimento.
Se eligen otras nuevas
donde seguir escribiendo.

Once de noviembre.

Nueva década, mejor momento.



jueves, 13 de julio de 2017

CLONADA (Relato)


Las nueve y media de la noche. Desde las siete de la mañana. No estaba mal... Por fin conseguía llegar a casa después de un día desastroso. Me dolía la espalda de cargar con el portátil, pero sobre todo me hacían polvo los pies, por culpa de los tacones a los que no estaba acostumbrada y que solo me ponía para las reuniones importantes. Al menos aún quedaba un rastro de luz. La primavera tocaba a su fin y yo agradecía que los días empezaran a ser más largos.

Mientras intentaba dar fin a la última (eso esperaba) llamada de trabajo del día, rebusqué en mi enorme bolso hasta encontrar las llaves. Y tanto que rebusqué… allí había de todo: desde una tablet hasta un chupete pasando un paquete casi terminado de toallitas, una pequeña foca de goma violeta y los objetos más insospechados para cualquiera que no fuera una madre trabajadora.

Mi cabeza estaba a punto de reventar. La presentación del plan estratégico había sido un torpedeo de preguntas malintencionadas y la videoconferencia posterior no había ido mucho mejor. El resultado, que me reclamaban urgentemente en las oficinas centrales para debatir los aspectos más confusos. Eso significaba que tenía el tiempo justo para organizar la maleta y la logística que siempre implicaban los viajes imprevistos. Tenía que dejar cubiertos dos frentes y el de la oficina no era el que más me preocupaba. Tres días en Ámsterdam… ¿qué se supone que iba a hacer con las niñas?

- ¿Mamá? – pregunté, sin levantar demasiado la voz.

A esa hora, la santa de mi madre se habría comido completamente sola el BCC (baño-cena-cuento). Me sentía terriblemente culpable por no haber podido llegar antes. Y por lo que tenía que pedirle, además. Desde que me había divorciado, cuatro meses atrás, mi madre era mi mayor soporte, por no decir el único. Mi parte racional se justificaba argumentando que a ella le venía bien, que después de que papá nos hubiera dejado necesitaba sentirse útil, una ocupación, unas rutinas… ¡Y qué mejor que sus nietas, que la adoraban! Pero sabía que esa parte no era realmente honesta.

Nadie contestaba, así que subí un poco el volumen - ¡Mamaaaaá!

Silencio. Qué raro… Lo mismo estaba arriba con las pequeñas. Ya era hora de que estuvieran en la cama. Dejé las llaves en el mueble de la entrada, me quité los zapatos y me desembaracé de todo lo que cargaba.

Me dirigí hacia la escalera pero, al pasar por delante de la sala de estar, frené en seco. La televisión estaba encendida. Y ahí estaba, sentada en el sofá. Más bien tirada en el sofá. Era yo, no cabía la menor duda.

La misma cara, el mismo cuerpo, la misma postura, con una pierna doblada en vertical y la otra recogida sobre ella formando una L… El mismo pelo, moreno y rizado, recogido en un moño descuidado, tal y como me lo retiraba yo de la cara en cuanto llegaba a casa.

Me acerqué más. Mi mente analítica y práctica se quedó congelada cuando atravesé la puerta y me verifiqué que allí estaba yo, repantigada en el sofá, viendo tranquilamente la televisión. Tenía el mando a distancia en una mano y un vermut con hielo en la otra. Mi expresión era relajada, casi de aburrimiento. Dos sensaciones que hacía mucho que no sentía.

El desconcierto dejó paso a la estupefacción. Entonces me vino a la cabeza el anuncio de Google Adwords que había encontrado la noche anterior, mientras buscaba información sobre gestión del tiempo.

Aprovecha al máximo tu tiempo.
¿Te sientes como si necesitaras un clon?
Podemos ayudarte

¿Que si necesitaba un clon? Me había entrado la risa histérica al leer el anuncio. Me sentía como si necesitara uno… o una docena. Era tarde y por fin disponía de unos minutos para mí antes de caer rendida en la cama. Hice click en el anuncio, por pura curiosidad.

La web que apareció en mi pantalla mostraba la foto de una mujer desaliñada, con profundas ojeras y una expresión desesperada. Estaba de pie en medio de un auténtico caos. En su brazo izquierdo sostenía a un bebé enrabietado mientras con su mano derecha intentaba teclear en un portátil para el que a duras penas tenía sitio en la encimera de su cocina. Mantenía el equilibrio a duras penas sobre su pierna derecha, a la que se aferraba una niña pequeña, mientras intentaba empujar un aspirador con su pie izquierdo.

De su boca salía un bocadillo de cómic que decía: “Sí, le llamaré en cuanto pueda hablar tranquilamente. Tal vez dentro de unos cinco… años. ¡¡Necesito un clon!!”


Ya había visto alguna imagen parecida en memes de internet, pero por algún motivo, con aquella casi lloré. Era como si alguien me hubiera hecho una caricatura y la hubiera colgado en aquella web.

Bajo la imagen podía leerse el siguiente texto: “¿Te has sentido así en algún momento?” (No te lo puedes ni imaginar, pensé).  “Completa este rápido cuestionario y todos tus problemas estarán solucionados. Tu alivio está a tan solo unos clicks de distancia. Garantizado al 100%.”

¿Qué tenía que perder? Me había desvelado, así que hice el test para entretenerme antes de ir a la cama:

-       ¿Te gustaría dormir más de seis horas al día? – Ni siquiera recordaba la última vez que había dormido más de cinco horas seguidas. Seleccioné el tick, por supuesto.
-       ¿Te gustaría tener tiempo para tus hobbies? - Había dejado el gimnasio cuando me enteré de que estaba embarazada por primera vez. Eso había sido hacía tres años. Realmente echaba de menos mis clases cuatro veces por semana, sobre todo las de yoga y pilates. Tick.
-       ¿Te gustaría salir a cenar o tomar algo de vez en cuando? – Estaba tan cansada que no podía ni pensar en arreglarme y salir por ahí. Con lo que me gustaba a mí bailar. Si no había quien me metiera en casa… Tick.
-       ¿Querrías tener más tiempo para tu pareja? – Venga, no. Ahora lo último que me faltaba en la vida era tener alguien más de quién ocuparme. Cruz.
-       ¿Te gustaría disponer de tiempo para estar en casa, sin nada que hacer, aparte de ver la televisión o leer? – En los últimos años a duras penas conseguía ver más de diez minutos de algún programa o serie que me interesara. Lo intentaba, de verdad, pero al final del día estaba exhausta. Cuando terminaba todo lo que tenía que hacer y por fin las niñas se dormían, tan pronto como me desplomaba en el sofá, mi boca se abría en un enorme bostezo y mis ojos se cerraban. Últimamente ni siquiera me esforzaba en seleccionar el canal. Tick.

Preguntas del mismo estilo se fueron sucediendo y yo iba seleccionando ticks o cruces. La mayoría habían sido respuestas afirmativas, la verdad. En un momento dado, dejaron de aparecer preguntas. La pantalla se quedó en blanco y de pronto apareció una caja:

¡Felicidades! Has completado tu test.
Tus resultados: Nivel rojo. Máximo estrés.
Recomendaciones: necesitas un descanso, vacaciones y divertirte un poco.
Diagnóstico: ¡Necesitas un clon!

Y por ultimo, dos botones: Acepto – No acepto.

¡Claro que necesitaba descansar y todo lo demás! Menudo programa de inteligencia artificial hay detrás de esto, pensé con ironía. Acepté. O, para ser exactos, lo intenté, porque no pasó nada. Entonces caí en la cuenta de que había un pequeño cuadro debajo, con un texto junto a él: “He leído y acepto la política de privacidad y los términos y condiciones”. Abrí el link, que mostraba un texto sin formato, interminable, salpicado de terminología jurídica que no estaba dispuesta a leer a esas horas. Mi pequeña experiencia me demostraba que la mayoría de las veces aquellos textos eran un corta-pega de otras páginas. Algunos desarrolladores web con pocas ganas de trabajar los cogían de páginas en las que confiaban y los ponían sin cambiar ni una coma. Simplemente servía para cumplir el expediente y evitar inspecciones sobre protección de datos.

Repasé mentalmente y me di cuenta de que en ningún momento a lo largo del proceso me habían solicitado datos personales, así que seleccioné el cuadro blanco para poder continuar. Total, ¿qué podía pasar? ¿Que publicaran mis resultados en alguna red social? Si ya sabemos que el tráfico de datos está a la orden del día. Volví a aceptar.

Esperé, pero no pasó nada. Sólo apareció una página de “Gracias” frente a mí. ¿Esto es todo? Menuda decepción… Había perdido veinte preciosos minutos de sueño para que me dijeran que estaba estresada. Eso ya lo sabía, gracias. Cerré la ventana, terminé de revisar algunos correos sin leer y me metí en la cama sabiendo que me esperaba un día complicado.

Todo eso había pasado la noche anterior. Ahora, mientras me veía a mí misma entretenida viendo la tele, pensé que tal vez sí había pasado algo, al fin y al cabo. ¿Era realmente posible? ¿Un clon? Pero ¿cómo..? Yo no había proporcionado ningún tipo de información personal.

Me deslicé hacia la cocina y allí encontré a otra réplica de mí misma. Estaba cocinando. La observé intentando que ella no recayera en mi presencia. Allí olía maravillosamente bien. Me recordó a aquellos tiempos en los que me encantaba pasar las horas muertas en la cocina y podía hacer recetas más elaboradas que purés y papillas.

Continué inspeccionando la casa. Si había un clon que se relajaba y otro que cocinaba, ¿quién sabe con qué más me podía encontrar? Subí las escaleras. Se respiraba tranquilidad… Me asomé por una rendija abierta en la puerta de la habitación de las niñas. Sí, allí estaba yo también, leyéndole un cuento a mi hija mayor mientras mecía suavemente la cuna de la pequeña, que dormía plácidamente.

Me dirigí de puntillas a mi habitación. No quería alterar aquella paz tan poco frecuente en mi casa ni por todo el oro del mundo.

Saqué mi portátil y abrí el navegador. Busqué en el historial las páginas visitadas más recientes; allí estaba: www.clonate.com.

Abrí la dirección desde un navegador diferente y repetí todo el proceso. Volví a completar el cuestionario, intentando dar las mismas respuestas de la noche anterior. Al final del mismo, pulsé en la política de privacidad y me dispuse a leer en detalle los términos y condiciones que había aceptado.

“… por este contrato, la Compañía proveerá al Cliente de un clon por resultados afirmativos obtenidos dentro de las categorías “ocio”, “familia”, “gestión del hogar” y “trabajo” (…) Cláusula de información personal. IMPORTANTE LEER. Aceptando los presentes términos y condiciones, el Cliente da permiso explícito a la Compañía para extraer toda la información de carácter personal almacenada en su ordenador o cualquier otro dispositivo vinculado, incluyendo teléfonos móviles, tabletas, televisiones inteligentes o de cualquier otro tipo. Dicha información será utilizada únicamente con el fin de crear los clones necesarios y ponerlos a disposición del Cliente en su domicilio o lugar de trabajo. A modo enunciativo y no limitativo, se considera información de carácter personal: nombre completo, dirección postal, usuarios y claves de acceso de cualquier red social y/o aplicación a la que el dispositivo tenga acceso en el momento de la aceptación del presente contrato, información sobre cuentas bancarias, fotografías almacenadas en los dispositivos y/o compartidas en redes sociales, relaciones de amistad y familiares reconocidas por el Cliente en redes sociales…”

La lista continuaba. De pronto estaba mareada. ¡Había aceptado todo aquello sin leerlo! Seguí leyendo.

“El cliente acepta que la Compañía elabore un prototipo de clon a partir de la renderización de sus fotos personales. Dicho prototipo será procesado por la tecnología 4D-cloning © patentada por la Compañía. Ésta se compromete a que el  proceso de impresión en 4D y puesta a disposición de los clones no supere las 24 horas desde la aceptación del servicio por parte del Cliente.”

Mantuve el aliento mientras visualizaba mentalmente mis perfiles de redes sociales plagados de selfies, fotos de mis hijas e instantáneas de los lugares en los que me encontraba. Y eso que después del divorcio había hecho una buena limpia. Pero aparte de la faceta afectiva, en la que últimamente era mucho más discreta, con un poco de interés podía encontrarse de todo: mis series favoritas, libros leídos (cuando leía, ay, tiempos aquellos…)

Las preguntas se agolpaban en mi cabeza. ¿Cómo habían llegado los clones al domicilio? La aplicación de navegación del coche, claro. En su momento me había parecido tremendamente útil grabar la dirección de “Casa” en los favoritos predeterminados de la app de tráfico que tantos atascos me ahorraba.

Mi horror iba en aumento a medida que continuaba leyendo el texto legal.

“CONDICIONES ECONÓMICAS DEL SERVICIO”

¿Cómo? ¿Había que pagar algo? ¿Eso no se supone que tiene que avisarse con claridad? Un sudor frío empezó a bajar por mi espalda.

“Los clones fabricados por la Compañía son actualmente versiones beta (terminadas pero en período de prueba).

En contraprestación por los servicios prestados en esta fase de pruebas del producto, el Cliente se compromete a reportar cualquier anomalía a La Compañía, renunciando expresamente a cualquier tipo de compensación económica derivada del mal funcionamiento de los clones.”


El texto seguía y seguía, pero las letras se emborronaban delante de mis ojos. Me daba vueltas la cabeza y solo podía pensar en que había aceptado aquellas condiciones leoninas sin tan siquiera echarles un vistazo por encima. ¿Qué podía hacer?

Intenté no entrar en pánico y me obligué a parar para poder pensar con claridad. Cientos de preguntas se agolpaban en mi mente. Mis clones… ¿Comerían? ¿Dormirían? ¿Se relacionarían entre ellas? ¿Y conmigo? ¿Habrían visto las niñas a todas las clones, o solo a la que se ocupaba de ellas? La bebé no me preocupaba mucho, pero Elisa ya se enteraba de todo. ¿Y mi madre? Se había marchado antes de que yo llegase. ¿Habría confundido a un clon con su propia hija? Me costaba creerlo. Una madre es una madre, al fin y al cabo. Le envié un mensaje un tanto aséptico, para tantear. “¿Llegaste bien? ¿Te han dado mucha guerra?”

Recibí respuesta de forma casi inmediata. Desde que se había instalado WhatsApp mi madre no se separaba del teléfono. Empezó a bombardearme con mensajes llenos de emoticonos. Como si yo no pudiera imaginarme su cara. ¡Si escribía exactamente igual que hablaba!

“Ya te he dicho cuando has llegado que se han portado fenomenal”
“Son unos tesoros” (dos caritas con corazones en los ojos)
“Hija, ¡qué bien que hayas podido llegar tan pronto!” (fiesta + flamenca)
“Me ha dado tiempo hasta a ir a caminar antes de prepararme la cena” (mujer mayor + mujer andando + bíceps)
“Y no lo digo por mí, sino por las niñas” (carita de contrariedad)
“Tienen que verte más. Eso del tiempo de calidad es una (caca) que os habéis inventado las madres de ahora para no sentiros culpables”

Sabía perfectamente cómo seguía la perorata, así que dejé el teléfono junto al portátil mientras seguía recibiendo un mensaje detrás de otro. Mi madre se había cruzado con alguien que no era yo y no había notado nada raro.

Cerré los ojos para poder concentrarme. Necesitaba encontrar una solución y deshacerme de los clones, costara lo que costase.

Empecé a tomar conciencia de la situación real. El silencio que inundaba la casa me ayudó. Silencio… Un silencio que más que escucharse, se podía tocar. Y además… todas mis obligaciones estaban bajo control. Una perspectiva maravillosa se presentó ante mí: una noche entera por delante, sin interrupciones nocturnas para biberones ni urgencias de cualquier otro tipo.

Cerré despacio la tapa del portátil mientras valoraba mis opciones. Me lavé los dientes y me metí en la cama con cuidado de no hacer ruido. Seguía saboreando aquella ansiada ausencia de ruido mientras mi cabeza reposaba en la almohada. Me tapé con la manta y cerré los ojos con una idea fijada en mi cabeza.

Tenía que encontrar una solución. Necesitaba encontrarla.

La idea se fue desvaneciendo a medida que me invadía el sueño.


Sí, lo haría. Seguro que la encontraría. Me pondría con ello. Pero ahora… necesitaba dormir. Lo solucionaría. Ya mañana, o a la vuelta del viaje. O… Bueno, tal vez no fuera urgente del todo.

domingo, 23 de octubre de 2016

HISTORIAS DE MIEDO - EL ANILLO

¿Dónde podrá estar?

Los médicos me habían dado instrucciones precisas: tenía que quitarme cualquier objeto metálico que pudiera llevar encima antes de entrar en quirófano. Y eso hice. Me quité los pendientes y el anillo y los puse en el bolsillo pequeño de mi neceser. Recuerdo con claridad cómo presioné el velcro para cerrarlo perfectamente y cómo guardé la bolsita en el cajón de la mesilla justo antes de que el celador apareciese para bajarme a quirófano.

Desde la primera vez que le vi, aquel hombre me generó inquietud. Fue la noche anterior. Estaba deshaciendo mi pequeño equipaje para pasar una noche en el hospital cuando le descubrí mirándome desde la puerta. Tenía los hombros caídos y había algo en sus ojos que no supe identificar. Durante un rato no se movió ni pronunció palabra. Un rato lo suficientemente largo para hacerme sentir incómoda. Después se dio la vuelta y se marchó.

Ahora, ese mismo hombre venía a recogerme. Se acercó y se paró junto a la cama. Examinó mi rostro y recorrió despacio todo mi cuerpo con su mirada. Agradecí las sábanas y la fina bata de hospital que me cubrían. Me sentía escaneada por aquellos ojos siniestros. Y asqueada, de paso. Ya estaba lo suficientemente nerviosa como para que nadie viniera a empeorar la situación.

Tan solo me dijo dos cosas durante el recorrido. Su primera pregunta me desconcertó: “¿Te gustan los impresionistas?” “Sí”(¿pero qué c….?) pensé. Tras un rato de silencio, volvió a hablar, y el desconcierto se convirtió en alerta. “Siento lo de Ayla” había dicho en un tono neutro. ¿Cómo podía saberlo?

Ayla. Mi gatita. La había adoptado hacía dos años, cuando me mudé a esta ciudad huyendo de mi antigua vida y de una relación tóxica. Alquilé un apartamento viejo y pequeño, lo mejor que me pude permitir. Y no estaba tan mal. La habitación era amplia, tenía luz y unas vistas preciosas. Lo peor, las arañas. Me daban pánico y por eso adopté a Ayla. Era increíble. Las detectaba y bufaba inmediatamente. Así me prevenía y me sentía más segura.

Ayla había muerto quince días atrás, justo antes de que los médicos encontrasen un tumor en mi axila. Parecía benigno, pero la opción más segura era operar, me dijeron. Me sentía inmensamente sola, triste e insegura, pero decidí hacerlo lo antes posible. Quise creer que era una “cirugía menor”, así que ni siquiera avisé a mis padres. No quería hacerles viajar 400 kilómetros por nada.

Cuando desperté de la anestesia me encontraba bastante bien. Un par de horas después tenía hambre, así que pulsé el botón para llamar a la enfermera.

Mientras esperaba, saqué mi neceser de la mesilla. Abrí el bolsillo pequeño y me puse los pendientes, pero el anillo no estaba. Miré en todos los rincones, pliegues y compartimentos. Nada. Me incorporé con cuidado para poder registrar el cajón. Incluso me bajé de la cama para mirar debajo. Ni rastro.

La enfermera me recriminó que me hubiera levantado. Comprobó los puntos y me dio una pastilla. “Es para el dolor. Cuando pase el efecto de la anestesia.”

Le pregunté si alguien había entrado en la habitación mientras estaba dormida, pero respondió que estaba empezando turno y no sabía nada.

Hice repaso mental de todo lo ocurrido desde la noche anterior. No podía quitarme de la cabeza la voz del celador, su cara… y especialmente sus ojos. Dos ojos que volvían a escrutarme desde la puerta. Exactamente desde el mismo lugar donde le había visto por primera vez. ¿O tal vez no era la primera?

Nuestras miradas se encontraron y él hizo una mueca. ¿Era una sonrisa? Muy despacio, entró en la habitación. Llevaba algo en sus manos. Un bote de color rojo.

“¿Cómo te encuentras?”
“Bien, gracias” (¿qué pretendía que le dijera?)
“¿Echas algo de menos?”
“No sé a qué te refieres”

Dejó el bote sobre la mesilla y se sentó en la butaca que había junto a la cama. Miró por la ventana y comenzó a hablar sin mirarme.

“Has perdido algo muy valioso para ti y solo podrás recuperarlo enfrentándote a tu mayor miedo. Aquí está.”
“Aquí está, ¿qué?”
“Tu anillo. Dentro del bote.”
“¿Disculpa?” contesté indignada. “¿Quién eres tú? Y ¿por qué has cogido mi anillo?”
“Porque necesitas crecer. Ése es mi trabajo.”

No daba crédito a lo que oía.

“Eres celador de hospital. Tu trabajo es empujar sillas de ruedas y camillas.”
“Eso parezco, ¿verdad?. Pero tengo una misión más importante. Estoy aquí para ayudarte.”
“No necesito ayuda. Esta tarde me dan el alta y quiero que me des mi anillo.”
“Lo sé. Sé lo importante que es para ti. Por eso he escogido esta prueba.”
“¿Una prueba? ¿Te parece poco todo esto? ¡Devuélvemelo!”

Me miró sin decir nada más, se levantó y salió de la habitación.

Me sentía confusa y frustrada, pero no tenía más opciones, así que cogí el bote y abrí la tapa. Había docenas de arañas. Mi primer impulso fue saltar de la cama, pero un intenso dolor en el pecho me detuvo. Estaba apunto de cerrar el tarro cuando vi algo brillar en el fondo: ¡mi anillo! Tenía que cogerlo. Lentamente, introduje mi mano en el bote. Cuando mis dedos estaban prácticamente rozándolo, sentí un agudo pinchazo. Tenía una araña en el dorso de la mano.

Abrí los ojos. Una enfermera estaba manipulando mi vía. “No sé has hecho para que se te saliera la aguja. ¡Así el suero y los calmantes no llegan! He tenido que volver a ponértela otra vez. Ahora no muevas la mano” me dijo. “¿Por qué no duermes un poco más? Te han traído del quirófano hace solo media hora.”

¿Media hora? No era posible. ¿Había sido todo una pesadilla?

“¿Podría hacerme un favor?” pregunté.
“Claro, ¿qué necesitas?”
“Tengo un neceser en el cajón de la mesilla. ¿Me lo podría sacar?

La enfermera me dio el neceser. Con mi mano libre abrí la cremallera y el bolsillo pequeño.

Dentro, sólo encontré mis pendientes.