jueves, 23 de diciembre de 2021

Navidad de 2050

 


El momento más bonito del año. Eso dice mi madre, con la mirada perdida y un álbum de fotos (fotos impresas, qué cosas) en el regazo. Todos los años lo mismo. Al mirarlas siento una mezcla de fascinación y rechazo. Una casa llena de gente, mesas larguísimas con hileras de platos. Risas. Abrazos. Juega con sus primos, sus abuelos la cogen en brazos. Días festivos de alegría y multitudes.

Yo nunca he conocido una Navidad así. 

Hace treinta años de la primera pandemia. Diez desde que el virus mutó, las vacunas dejaron de ser efectivas y el gobierno tomó la drástica decisión del aislamiento total. Se obligó a la gente a vivir individualmente en apartamentos estatales. Yo tenía tres años en 2040 y mi madre pudo llevarme consigo. Fue un año muy duro, por lo que cuenta mamá. Estaba prohibido salir a la calle. Los suministros básicos eran aportados por agentes de salud pública, que también eran los encargados de hacer cumplir las restricciones de movilidad. Las penas por infringir las leyes iban desde la captación para la experimentación científica hasta la pena de muerte.

Un año después, la tasa de mortalidad se redujo y se suavizaron algunas medidas. Por ejemplo, las familias (padres con hijos, nada más) pudieron reagruparse. También se pudo salir de casa para ir a trabajar o al colegio. Debido a la crisis económica se eliminaron los festivos. Como tampoco se podía viajar ni tener ningún tipo de actividad de ocio fuera de casa, la gente simplemente terminó asumiéndolo. Desde que recuerdo, las calles están patrulladas por agentes y vigiladas con cámaras térmicas y drones. El contacto físico está terminantemente prohibido.

Miro ese álbum y pienso que hoy, 24 de diciembre de 2050, no nos podemos reunir con nuestros abuelos, tíos, primos o amigos. Es algo que me duele más que nunca, porque hoy ha llegado una notificación del servicio de salud. Mi abuelo está muy enfermo, y yo no podré verlo. 

No debo, no puedo. Al menos… legalmente.

He pensado mucho en esto y todavía no sé qué hacer. No tendría que desviarme tanto del camino que hago para ir al colegio. Si me intercepta algún agente por la calle no me dirán nada. El problema sería que me sorprendieran entrando en su edificio. Ahí sí estaría incumpliendo la ley y sé que me juego la vida. 

Lo cierto es que nunca se me había ocurrido ir. Por miedo, por falta de necesidad… o simplemente porque siempre he dado por hecho que las cosas son así. Pero ¿y si fuera mi última oportunidad de acercarme a ellos? ¿Merecería la pena si me pillasen? La certeza abre paso. El simple hecho de verlos por primera vez, cara a cara, sin un ordenador por medio. Claro que valdría la pena.
                                                   

                                                 *** 12 HORAS MÁS TARDE ***


Ya es 25 de diciembre. En el camino al colegio he pensado mucho sobre lo que me contó mi madre acerca de la primera Navidad con COVID en 2020. El primer confinamiento, la primera separación de sus seres queridos. Sinceramente, no creo que fuera peor que lo que estamos viviendo ahora. Estoy decidida.

Al terminar las clases, me he despedido de mis amigas con nuestra señal (ahora gran parte de la comunicación es signada) y me he encaminado hacia la casa de mis abuelos. El corazón me latía tan fuerte que tenía la sensación de que se oía desde fuera. Me he cruzado con una agente, que simplemente se ha hecho a un lado para dejarme pasar. Por suerte no me ha parado para hacerme las preguntas habituales de control: de dónde vienes, a dónde vas, etc. No sé si los nervios me hubieran delatado.

Por fin en el portal. He subido por las escaleras unos seis pisos y he llamado a la puerta. Cuando mi abuela me ha visto se ha llevado las manos a la boca. “¿Qué haces aquí? ¿Sabes lo que podría pasar si te pillan?”. Me ha hecho entrar rápidamente, abrazándome, tocándome la cara y volviéndome a abrazar. No quería soltarme. Olía a caramelos de violeta y jabón de manos. La sensación ha hecho que casi me estallara el pecho de emoción. 

Mi abuelo estaba descansando en el sofá del salón. Cuando me ha visto ha abierto los ojos como platos. He ido corriendo a abrazarle y él, conmovido, me ha devuelto el abrazo con lágrimas en los ojos. Después de dos horas con ellos, me he despedido con otro abrazo, aunque esta vez mis emociones eran diferentes: ya no tenía miedo; lo único que sentía era tristeza y cierto rencor hacia el gobierno, que me había prohibido conocer a mis abuelos en persona y me había negado ese contacto de piel toda mi vida. 

En el camino de vuelta a casa me ha interceptado un grupo de agentes, pero estaba más relajada y he salvado el interrogatorio. He dicho que volvía tarde del colegio porque me había quedado haciendo un proyecto. Han intercambiado una mirada significativa y me han dejado continuar. 

Al llegar a casa le he contado todo a mi madre. Estaba muy preocupada, pero en su mirada había melancolía y ternura. Me ha pedido que no vuelva a arriesgarme así y hemos preparado la cena de Navidad. 

En la televisión, de fondo, está compareciendo el presidente:

“… desde la primera cuarentena en 2020 nuestras vidas no han sido normales. Hemos hecho sacrificios, pero la situación sanitaria mundial arroja signos de esperanza. Hoy, por Navidad, las fuerzas de seguridad no han impuesto ninguna sanción. Desde el gobierno seguimos pidiendo precaución y responsabilidad, pero levantamos el confinamiento durante 24 horas y les deseamos Feliz Navidad junto a sus seres queridos”.

¡¿He oído bien?! Los agentes me han dejado pasar, ¡me han perdonado la vida!

Mamá y yo salimos corriendo a casa de nuestros abuelos y ¡allí están mis tíos también! 

No hay comida especial, ni regalos, ni trajes elegantes. No creo que tenga una Navidad más feliz en mi vida.


#cuentosdeNavidad
(Basado en una idea original de Sonia Sánchez Álvarez).

miércoles, 14 de abril de 2021

Más allá del arco iris (RJ2)

 

La luz tras la tormenta; eso es tu risa

Tras todas las baldosas amarillas

se hicieron magia las cosas sencillas

Trajiste la felicidad precisa


Hoy pido al tiempo que no tenga prisa

Viajar al País de las Maravillas

Quedarme siempre haciéndote cosquillas

Guardar la luz que tu mirada irisa


Quisiera atesorar cada momento

cada palabra, cada nueva idea

Donde la vida es un descubrimiento


No puedo prometer la panacea

Una vida fácil, sin sufrimiento

Mas sí un amor contra viento y marea



miércoles, 6 de mayo de 2020

¿Quién me ha robado el mes de abril?

(Versión "confinamiento" del clásico de Joaquín Sabina)


La vecina del tercero
hace meses que se jubiló
hoy ejerce de abnegada policía de balcón.
Los minutos se hacen horas 
cuando espera después de aplaudir 
la videollamada de 
sus nietos que no ve hace más de un mes

Y piensa... ¿quién me ha robado el mes de abril?
¿Cómo pudo sucederme a mí?
¿Quién me ha robado el mes de abril?
Lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón.

La pareja del octavo 
se acababa de independizar.
Cuatro cajas, una mesa, internet que aún no va.
Se han parado los relojes,
siempre hay una fiesta en su colchón.
No importa qué día es
¿es verdad que se ha pasado un mes?

Suspiran.... ¿quién me ha robado el mes de abril?
¿Cómo pudo sucederme a mí?
Dime, ¿quién me ha robado el mes de abril?
Lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón.

En las calles de mi barrio 
el césped planta cara al adoquín.
La primavera desatada chapotea feliz.
Mientras tanto el parque espera  
el ruido llegue ya.
El columpio sordo está
mira alrededor sin entender 

y silba... ¿quién me ha robado el mes de abril?
¿Cómo pudo sucederme a mí?
Dime, ¿quién me ha robado el mes de abril?
Lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón.




Si os apetece escucharla, aquí está.
Pedro Ortín a la guitarra y servidora poniendo la voz a la letra :)

sábado, 21 de marzo de 2020

Intactos (desde mi ventana)

(Música: Matter of time, de Álvaro Barandalla).


INTACTOS (desde mi ventana)

Retiro obligado, lección aprendida
Qué volátil y vulnerable
es nuestra vida.

Lo que dábamos por hecho,
las cosas sencillas
Se revelan esenciales,
cual luz de guía.

Día a día, silencio.
Las calles vacías
se llenan de miedo,
distancia mixta
obligada, cernida.

De ventana a ventana
se pierde de vista
lo distintos que somos.

Diferencia exigua
cuando la cruel amenaza
que nos visita
Nos iguala a la sazón
de valores intangibles
fustigando la razón.

Colocando en su buen sitio
lo que cuenta de verdad.
Y nos repliega en el seno
del tiempo para pensar.

Sin pensar que todo esto
pone a cada quien en pie.
Héroes con mascarillas
nos hacen enmudecer;
desbordarse nuestros ojos,
erizarse nuestra piel.

No existe aplauso tan fuerte
que les pueda compensar
su entrega, valor, su riesgo
El ejemplo que nos dan
de cumplir con el deber
hasta la extenuación.
Generosidad infinita.
Sacrificio y tesón.

Todo pasará, seguro.
Certezas pocas contamos
Cómo o cuándo volveremos
a las calles, a abrazarnos

Volveremos a ser libres, sí.
Mas no habremos salido intactos.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Día Mundial de la Poesía

Hoy es el Día Mundial de la Poesía y, en lugar de publicar un poema propio, por primera vez voy a ceder el espacio para algo que no he escrito yo. 

Me parece el día perfecto para compartir (con permiso de la autora) este maravilloso poema:





Una luna esquiva
una noche igual.
Una habitación pensante
y otra ni sabrás.

Ni una sola luz,
solo oscuridad.

Un poeta aquí no verás.

Porque esto no es un sueño
ni una realidad.

Ya no ves nada, ni lo verás.
Porque esto no se sabe ni cómo acabará...
si así o asá.
Pero este verso es para el final.

Sonia Sánchez Álvarez (9 años)




lunes, 25 de diciembre de 2017

Guardianes de la ilusión

   “Mamá, esto de los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez… ¿es  cuestión de magia o tú tienes algo que ver?”

Y así, sin anestesia, te encuentras con la pregunta más complicada a la que se puede enfrentar una madre. Infinitamente más difícil que cualquiera que se nos pueda ocurrir sobre sexo (para las que hay que estar preparada también, por cierto).

En ese momento quieres activar la máquina del tiempo y volver atrás. Dos, tres, cuatro, siete años. Pero no puedes. Respiras hondo. Valoras tus opciones. Ves que aún hay un resquicio de inocencia y tomas una decisión. Decir la verdad. Sólo una parte de ella.


     “Claro que es cuestión de magia”


Si tienes suerte, antes de que continúen las preguntas (ante las que cuales te sentirás condenada como frente al un pelotón de fusilamiento), llegará alguien caído del cielo que interrumpirá la conversación. O tal vez le hayas dado la respuesta que quería escuchar para no tener que enfrentarse a una realidad que implica que ya es menos niña. Eso da miedo (y no sólo a ti), y al fin y al cabo, a veces querer creer es más importante que creer a secas.

Ella parece tranquila, pero tú te quedas rumiando… Sobre todo lo anterior, pero principalmente, sobre lo importante que es cuidar la magia.

Si hay algo importante por lo que merezca la pena luchar y cuidar en esta vida es la infancia. Es, sin lugar a dudas, lo mejor de nuestra especie. La inocencia es uno de los dones más maravillosos con los que contamos, y los adultos tenemos una misión: salvaguardarlo. Tal vez sea una de las tareas más importantes que nos sea encomendada: ser los guardianes de la ilusión. 

En estas fechas de Navidad la misión se vuelve especialmente ardua. Los peligros acechan por doquier: publicidad en los medios, contenidos en redes sociales, personas cargadas de bolsas que nos cruzamos por la calle... No hay entorno seguro, y especial peligro suponen las visitas a centros comerciales, que organizan actividades infantiles para atraer público y donde adultos agobiados por las prisas no son conscientes de quién está detrás en una fila, al otro lado de un mueble o escondido detrás de las piernas de su madre, dentro de un ascensor.

Podríamos pensar que la amenaza más letal son hermanos, primos o amigos mayores. Pero ¡NO! Si sus adultos correspondientes lo han hecho bien, les habrán captado para la causa. Habrán celebrado su correspondiente ceremonia para que se incorporen al privilegiado cuerpo de "guardianes de la ilusión" y se tomarán esa misión con toda la seriedad que conlleva. Saben mejor que nadie lo que está en juego.

Donde realmente está el peligro, y todos deberíamos ser conscientes, es las conversaciones captadas sin intención. 

Tomé conciencia cuando me convertí en madre. Desde entonces, jamás (¡JAMÁS!) digo nada que no pudiera decir delante de mi hija. En ninguna circunstancia. Mi lenguaje se ha transformado en uno apto para todos los públicos, incluso en entornos 100% de adultos. Cuando hablo con mis padres, con mi marido o amigos, cuento lo que quiero que me traigan los Reyes, nunca lo que quiero que me regalen. Cuando un dependiente me habla de las compras de Reyes, yo hablo de la carta. Como si hubiera niños delante. Da igual en casa, en la calle, en un centro comercial, en un restaurante o en el parque. En persona o por teléfono. Nunca se sabe…

Y los maestros somos guardianes con una responsabilidad especial, ya que a determinadas edades conviven en las aulas personitas que están a ambos lados de la línea de la inocencia. Nunca olvidaré la charla que se llevó un pobre alumno mío de 3.º de Primaria hace unos años por su caligrafía ininteligible y las faltas de ortografía. Porque escribir bien no es para hacer dictados o fichas. Vamos a ver... Es para las cosas importantes. ¿Cómo narices van a entender los Reyes Magos qué tienen que traer y a quién si no entienden la letra y la carta no va firmada? 

Tal vez me pasé un poco... Me pregunto qué pensará ese niño de aquella situación, ahora que han pasado los años.

Estos días hemos visto al hombre más poderoso del mundo (un gran poder conlleva una gran resposabilidad, o eso se supone) preguntándole a una niña de 7 años si aún cree en Santa Claus. Y también a un padre que ha creado una web para demostrar a su hija que efectivamente los Reyes Magos existen. Es fácil decidir de qué lado estar.

Así que en estas Fiestas, adultos de toda condición: tomad conciencia de vuestra misión. Da igual si tenéis hijos, sobrinos, amigos con prole o no. Si hay algo mágico que hay que cuidar en estas fechas, es la ilusión de la infancia. Es algo que nos afecta a todos. Cuidad lo que decís, por favor. Sois guardianes de la ilusión, no lo olvidéis.


Y ante preguntas comprometidas… mientras sea posible, contestemos sabiendo que no estamos mintiendo: 

“por supuesto que es cuestión de magia”.

Si necesitáis inspiración, podéis ver esta pequeña joya:  "El origen de los guardianes."


viernes, 10 de noviembre de 2017

Once de noviembre

Línea de tiempo
desarrollada
en meandros rebeldes
trayectoria insensata
¿Ecuador o principio?
La vista no abarca.

Alma de otoño
alejada sin miedo
de la sed del verano,
de helarse en invierno.
¿Quién quiere primavera
estridente, sin freno?

Se sueltan las hojas
que no traen aire ni alimento.
Se eligen otras nuevas
donde seguir escribiendo.

Once de noviembre.

Nueva década, mejor momento.