lunes, 5 de enero de 2026

OFERTA DE EMPLEO

Hay personas que han nacido para dedicarse a contar historias, a curar a otras, transmitir conocimientos o construir edificios. Lo saben desde que tienen uso de razón. Sus juegos infantiles, las lecturas que eligen, su forma de razonar al resolver un problema cotidiano… Todo es síntoma inequívoco de cuál es su verdadera misión en la vida. 

Yo descubrí mi vocación cuando tenía tres años. Sobre los hombros de mi padre, en la primera cabalgata de Reyes que recuerdo. En el momento en que los vi por primera vez tuve una certeza cristalina: haría lo que fuera necesario para ser paje de los Reyes Magos.

Me informé bien y localicé cuándo y dónde aparecían las convocatorias para seleccionar a los delegados nacionales de sus majestades en cada país. Esperé impacientemente a cumplir los dieciséis, que es la edad legal mínima para trabajar en España. El mismo día de mi cumpleaños eché mi primera solicitud. 

La respuesta me llegó al correo varios meses después. «Gracias por responder a nuestra oferta de empleo. Lamentamos comunicarle que no reúne los requisitos necesarios para la vacante. En cualquier caso, incorporamos su currículo en nuestra base de datos para futuras oportunidades»... bla, bla, bla. Algo así ponía. Cada año recibía una carta similar. Fueron tantas que es difícil saber exactamente qué decía en cada una de ellas.

Pero como mi vocación era clara y mi determinación inquebrantable, no cejé en el empeño. Empecé a formarme específicamente para el puesto: cursos de empaquetado, etiquetado, logística. También tomé clases en disciplinas artísticas: malabares, danza aérea, magia. Nunca se sabe qué habilidad es la que va a diferenciarte en un proceso de selección. Hice prácticas en todos los mercadillos de Navidad que pude, viajando por los más famosos de Europa en cuanto fui mayor de edad. Aunque son dominios del usurpador del traje rojo, aprendí muchísimo. Incluso me apunté al curso online: «Allanamiento de morada sin ser detectado. Certificado por los mejores fabricantes de alarmas». Lo prometo. Se puede encontrar prácticamente de todo en la dark web. 

Yo iba incorporando todas estas nuevas destrezas en mis solicitudes cada vez que aplicaba al puesto. Para mi desesperación, nada era suficiente. Una y otra vez, la misma negativa. 

Los años pasaron y empezaron a pesar. La vida te va poniendo otras prioridades por delante que hacen bulto y acaban sepultando esos sueños que tenías de niña. El único consuelo cuando olvidas algunas ilusiones es que aparecen otras. Así que supongo que no se pierden, solo cambian de forma. 

Esta Navidad todo brilla de forma diferente. 

Quién me iba a decir que me pondría de parto un 5 de enero. Con riesgo de caer en el tópico, confieso que jamás ha habido mejor regalo. Supongo que soy alguien muy predecible; cuando la enfermera me preguntó el nombre de mi niña para escribir la etiqueta en el nido, no lo dudé un segundo: Reyes. 

Ahora que ya estamos en casa, hago sesión continua de viajes en una vertiginosa montaña rusa de emociones de la que nadie me permite bajarme. El agotamiento, la inseguridad y los dolores dejan marcado un bofetón de realidad que se suaviza al instante con la caricia de un hechizo de amor verdadero. Visto desde dentro, creo es lo único que garantiza la continuidad de la especie. 

Ha sido duro, pero parece que por fin hemos conseguido acoplarnos con la lactancia. No lo ha hecho nada mal esta vez. Se queda tranquila tras un eructo que parece más propio de Shrek que de un bebé de días y se queda dormida sobre mi pecho. Y, entonces, llega el momento del día en que desearía tener el superpoder de congelar el tiempo: cuando Reyes respira profundamente y su olor único me llena, mientras miro embelesada su expresión de paz infinita. Pero el momento dura poco. Un pinchazo proveniente de los puntos («los que hicieron falta», respondió la ginecóloga cuando pregunté cuántos me habían dado) me devuelve al mundo real. Tengo el brazo entumecido y mucho sueño. Con sumo cuidado deposito a mi pequeño milagro sobre el colchón y, con dificultad, me incorporo para alcanzar la carpeta que he dejado en la mesilla. Necesito revisar los informes de alta del hospital para comprobar si puedo tomarme algún analgésico.  Al abrirla, un sobre cae sobre mi regazo. 

No es el típico sobre blanco con la imagen corporativa del hospital, sino uno mucho más elegante, de papel verjurado. Mi nombre aparece en el anverso, escrito con una caligrafía pulcramente manuscrita en tinta color berenjena que desprende reflejos. 

¿Quién escribe una carta a mano hoy en día? Extrañada, le doy la vuelta. Un inconfundible sello con lacre hace que mi corazón se desboque. 

Abro el sobre con todo el cuidado que me permiten mis manos temblorosas.

«En referencia a su candidatura, nos complace darle la bienvenida a nuestro equipo; la mayor organización dedicada a la conservación y fomento de la ilusión del mundo. 

Enhorabuena. El puesto es suyo.

Fdo: SS. MM. los Reyes Magos de Oriente»

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