viernes, 2 de noviembre de 2012

¿Tú qué tomas para ser feliz?


Pss… un segundo de atención. Voy a empezar este post haciendo una confesión. 

Hola, me llamo Mónica y no sé tomar decisiones. O más bien debería decir: no sé tomar decisiones a tiempo. 

La parte buena... que es un defecto compartido, y mal de muchos... ya se sabe.

Tomar decisiones importantes es lo más difícil del mundo. Significa escoger un camino y dejar otros atrás. Y el problema es que no tienes ni idea de dónde te van a llevar, ni el uno, ni los otros.

Los “y si…” y los “pero si” son las minas antipersona de la toma de decisiones. Atacan a la cabeza, al corazón… posiblemente la intuición sea la única que esté inmunizada contra su constante picoteo.

Y luego hay otra cuestión que nos encadena. Un buen amigo que sabe mucho más que yo de economía (no es difícil, pero él sabe) me explicó que en España no sabemos hacer negocios porque no sabemos cortar a tiempo algo que sabemos que no funciona. Es decir, que nos está produciendo un perjuicio o nos lo va a producir a corto, medio o largo plazo. Porque hemos invertido mucho: nuestro tiempo, dinero, esfuerzo… y nos negamos a aceptar que todo eso se vaya al cubo de la basura. Así que seguimos, lo prolongamos. Dijo que se llama “teoría del gasto histórico”.

La analogía con lo personal es demasiado fácil de hacer… Y digo analogía y no metáfora, porque siendo obvia la relación, el significado toma forma propia en el plano personal. Cada quién lo puede aplicar al ámbito de la vida que le tenga en una encrucijada en este momento. La teoría vale para cualquiera.

La cuestión es que estamos confundiendo el planteamiento, no sé si estaréis de acuerdo. El gasto histórico es pasado. Lo más probable es que si dejamos de emplear nuestro esfuerzo y empeño en un proyecto condenado, dispongamos de ellos para hacer cosas mucho más productivas. Lo bueno es que todo lo que hemos invertido no se va a la basura. Yo no estoy de acuerdo con Alejandro Sanz con que las dudas van al cubo de los verdes. Lo que hemos puesto es nuestro, y se recicla. Se convierte en experiencia, conocimiento, fuerza. Aprendizaje, al fin y al cabo. Que es el activo más valioso que podemos tener.

Voy a copiar algo que una amiga puso en su muro de Facebook: “La vida está para adelante, nunca para atrás. Porque si andas por la vida dejando puertas abiertas, por si acaso, nunca podrás desprenderte ni vivir lo de hoy con satisfacción. Cierra la puerta, pasa la hoja, cierra el círculo. Es salud mental” (gracias, Tatiana Belchi).

Lo puso unos días después de que yo hubiera llegado a una conclusión parecida. A veces dar un portazo te deja sorda un tiempo. Si no lo haces bien incluso puede destrozarte una mano o algo peor. Pero con el portazo puede llegar una corriente de aire que hace que se abran ventanas … y que entren luz y aire limpio para respirar.

Así que siguiendo mi lema aprendiendo, siempre aprendiendo… creo que voy a empezar a aprobar la asignatura de la vida “Tomar decisiones”. Nunca es demasiado tarde.


lunes, 8 de octubre de 2012

Ángeles y demonios



Hace años leí La hija del caníbal, de Rosa Montero. Uno de esos libros que sabes que te han gustado porque mucho tiempo después sigues recordando pasajes. El argumento no me pareció gran cosa. Lo que lo convierte en un libro memorable son todas las píldoras de reflexión sobre la vida que van salpicando la narración.

En él se plantea una teoría sobre la naturaleza humana con la que estoy completamente de acuerdo. A ver si soy capaz de explicarla a mi manera.

Tomemos la humanidad como una enorme campana de Gauss. En un extremo (no voy a decir a la derecha o a la izquierda, no vaya a ser que alguien lo malinterprete), gente mala. El lado oscuro, la zona negra. Ya escribí aquí que siempre intento rascar en los motivos de “los malos”, en qué les ha dibujado así. Pero es cierto que existe la maldad, y que existen las personas que disfrutan haciendo daño a los demás. En el extremo contrario, el blanco, las personas incondicionalmente buenas. Aquellos que son bondadosos, honrados, leales. Sea cuales sean las circunstancias que les rodean. Esos que corren el riesgo de ser considerados “tontos” cuando los únicos tontos son aquellos que no entienden que la bondad es una bellísima virtud. Yo los llamo ángeles, o luces blancas. Porque iluminan a quien tiene la capacidad de descubrirlas. Y cuando te ves reflejado en ellas te devuelven una imagen más limpia, mejor. Que te hace querer sonreírle al espejo y tener mejor aspecto, especialmente por dentro. Porque son espejos especiales, que no se quedan en reflejar la superficie.

En los extremos está la minoría, una pequeñísima parte del total. El resto se ubica (nos ubicamos, me incluyo) en el medio. La zona gris. Unos más cerca de los buenos, en el gris claro. Otros más cerca de los malos, el gris feo, muy oscuro. Pero siendo al fin y al cabo seres absolutamente normales que hacen las cosas mejor o peor en función de las circunstancias o las oportunidades que se les presentan. Para quien no la haya visto, Crash (Paul Haggis, 2004) lo ilustra perfectamente. Historias cruzadas en las que se presentan personajes fácilmente etiquetables como “buenos” o “malos” a los que el desarrollo de los acontecimientos les lleva a la zona de la campana que a priori no les corresponde. Personas aparentemente malas que terminan haciendo buenas acciones o, para compensar el equilibrio universal, buenas personas que pueden llegar a hacer cosas terribles. Hechos.

A veces, elementos externos (tormentas, terremotos) resquebrajan el suelo de nuestra zona natural de la campana y te ves arrastrado hacia otra sin posibilidad de agarrarte a un seguro. La vida es tremendamente caprichosa. Y no voy a decir difícil porque el otro día me pusieron en mi sitio: la vida de un niño en Somalia es difícil. El caso es que esos caprichos desencadenan tsunamis, hacen que volcanes entren violentamente en erupción y los que en condiciones normales están en el lado de los buenos, o muy cerca, se encuentren a sí mismos demasiado lejos, perdidos en un terreno que no dominan. Haciendo aquello que en otros era censurable. Llámese mentira, traición, daño, manipulación, o cosas incluso peores.

Afortunadamente, el suelo antes o después deja de temblar, y antes de que la naturaleza se rebele de nuevo es importante ponerse en marcha lo antes posible y hacer todo lo necesario para volver al lugar que te corresponde. Sobre todo si ese lugar es el gris claro.

Atreyu y Artax en el Pantano de la Tristeza (La historia interminable)

Es determinante la manera de afrontar ese camino. Sin convicción, será fácil hundirse en el Pantano de la Tristeza. Si vamos cargados de miedo, cualquier elemento será una amenaza y es muy posible que el camino se quede a medias. Y si los pasos los dirige la culpa, todo el recorrido se convertirá en una condena.



Pero todo eso, aún siendo importante, viene después. La cuestión es darse cuenta de que hay que empezar a andar, primero. Antes de que la sustancia negra pase de fuera a dentro. Y, segundo, hay que discernir cuál es la dirección en que hay que dar el paso para no avanzar hacia un gris cada vez más oscuro.

domingo, 23 de septiembre de 2012

El día más importante del año

Hoy es el día más importante del año en mi calendario. Un 24 de septiembre mi vida cambió. Para siempre. Para mejor.

No tiene mucho sentido que invierta tiempo en explicar lo que significa ser madre. Para quienes tienen hijos, no hará falta. Para los que no... sencillamente no hay capacidad verbal o escrita capaz de expresar este sentimiento.


El amor tiene muchas dimensiones, es posible amar de formas muy diferentes a distintas personas. Incluso amar a la misma persona de forma diferente en distintos momentos. Creo que la capacidad de dar amor es uno de los mayores dones que se pueden disfrutar como ser humano. A lo largo de tu vida amas a tus padres, a tus hermanos, a otros miembros de tu familia, a tus amigos y por supuesto a tus parejas. Sin embargo, uno no conoce lo que significa realmente amar a alguien hasta que, ante la pregunta “¿darías la vida por ella?” lo único que se te ocurre responder es “¿CUÁNDO?”.

Este post estaba prácticamente terminado hace dos días y un capricho del Mac lo hizo desparecer anoche. Ahora escribo de nuevo mientras escucho el ritmo de su respiración después haber caído rendida tras un fin de semana de celebraciones agotador. He decidido no intentar transcribir lo que había puesto, pero sí había dos ideas que me gustaría recuperar.

La primera tiene que ver con la felicidad.


Cuando estaba embarazada una persona me preguntó si era feliz. Fue una pregunta inesperada, fuera de contexto, como un pellizco en medio de una conversación profesional. No tardé ni un segundo en contestar. Sí. Ella estaba de camino. No tenía ni idea de lo que implicaría, pero era muy feliz.


Hace poco veíamos juntas Hook. Peter Pan no sabe que lo es, y ha olvidado volar. La clave para conseguirlo son los pensamientos felices. Peter Banning no es capaz de volar hasta que no descubre que su pensamiento feliz son sus hijos. Entonces sí, es capaz de subir, bajar, dar volteretas y flotar en el aire. De repente comprendí la metáfora. Yo soy capaz de volar y hacer acrobacia en el aire desde que, aún embarazada, inventaba letras de canciones para cantarle como nanas. O cada vez que construyo un cuento de piratas y princesas que me pide para comer. Cuando surge de la nada una felicitación de Navidad después de un rato improvisado haciendo manualidades juntas.  Y floto en el aire, sin más, cuando la observo jugando sin que se dé cuenta. O en momentos como ahora, escuchando su respiración y mirando su carita mientras duerme.



La segunda idea que quería recuperar es sobre el uso de las palabras.

Normalmente, cuando alguien te pregunta quién eres, puedes contestar con: a) cómo eres;  b) lo que haces o a qué te dedicas; c) lo que pretendes. Cualquiera de esas respuestas se queda incompleta. 

Leí en una entrevista a Michele Obama que, cuando le preguntaban quién era, respondía “la mamá de Sasha y Malia”. No contestaba “la primera dama de Estados Unidos” ni hablaba de sí misma como una brillante profesional, con títulos universitarios de Harvard o Princeton. Me encantó. Porque es así. De repente un día te encuentras diciendo “soy la mamá de Sonia” y resulta que es la definición más exacta, atemporal, y que te identifica mejor que cualquier otra que se te ocurra.

Siempre he pensado que el lenguaje determina la realidad (me apasiona cómo lo expone Paul Auster en distintas novelas). En ocasiones veces viciamos los conceptos por culpa de frases hechas y palabras que no se utilizan correctamente, y muchísimas expresiones deberían corregirse. Aún recuerdo un profesor del colegio que no decía “yo me llamo Fulanito”, sino “a mí me llaman…” Y tenía toda la razón.

Las relaciones basadas en el amor entre dos personas, cualquiera que sea el tipo de amor, no deberían estar encorsetadas por la preposición “de”. “De” nos transmite un cierto significado de posesión. “Soy amiga de”, “soy la mujer de”. ¿No sería mucho más apropiado (o simplemente más generoso) utilizar “para”, “con” o “por”? Ser para alguien o estar con alguien expresa una relación voluntaria y libre. Como dice Paulo Coelho, “tener lo más importante del mundo sin poseerlo”.

Sin embargo, ese “de” no me molesta, todo lo contrario, cuando me defino como “la mamá de Sonia”. No existe utilización más apropiada. Porque un día el centro de gravedad personal sobre el que gira tu mundo se traslada a un ser humano diferente. Y te das cuenta de que el universo es más grande, y mucho más bello, ahora que la órbita se ha trasladado a este nuevo centro. 

Nunca ser de alguien tiene sentido. Excepto cuando eres de tu hija, SU mamá. Entonces cobra todo el sentido del mundo.

Mi existencia cobró sentido hace 4 años.


FELIZ CUMPLEAÑOS MI VIDA.